lunes, 18 de marzo de 2013

SANDRO BOTTICELLI - EL NACIMIENTO DE VENUS


Estamos frente a uno de los cuadros más representativos del Renacimiento florentino, pintado probablemente a finales del siglo XV. Hablamos de El Nacimiento de Venus, pintura que retrata el momento exacto no del nacimiento de la deidad, sino de su llegada a tierra firme luego de navegar por el Mar Mediterráneo, seguramente a una isla de Chipre.
Se trata de una extraña y, a la vez, delicada obra, llena de simbolismo y de alusiones ambivalentes. Se podría decir que se recurre tanto a la mitología greco-romana, como a señas del cristianismo, según se verá.



El pintor al parecer pretende reunir los cuatro elementos en un solo lienzo, haciéndolo de modo sutil y casi imperceptible. En efecto, a la presencia evidente del agua, de la cual surge la vida, se suma el aire, representado por Céfiro, el viento poniente, y por su consorte Cloris, la ninfa de la brisa. Éstos, con su soplo, simbolizan el movimiento progresista, que conduce por las aguas a la deidad, con todo lo que ello representa, en su vehículo con forma de concha.
Talo, quien forma parte de las divinidades llamadas “horas”, representa a la tierra. Se trata de la primavera regeneradora, cubierta de flores, quien, saliendo del bosque, espera en el suelo firme a Venus, presta a cubrirla con su manto protector.
Por último, la propia Afrodita encarna al fuego; es la pasión que mueve al mundo, el elemento activo que termina con el estado de indiferencia y provoca a los seres, inclinándolos o al amor o al odio; es el elemento que doblega la dureza del hierro. No debería extrañarnos, entonces, que a esta deidad se la vincule amorosamente con Marte o Ares, el dios de la guerra y con Vulcano o Hefestos, el dios herrero que en su forja trabaja los metales.
Los cuatro elementos están dispuestos circularmente en la pintura, como queriendo aludir a alguna fuerza invisible que, al hacerlos girar, los mezcla y los aglutina, dando forma a la materia. Por lo tanto, una primera mirada de la obra analizada nos lleva a pensar en una intención de abarcar el todo material, recurriendo con ello a los cuatro elementales y a los aspectos masculinos y femeninos. Esto no quita que pueda apreciarse en la imagen al quinto elemento, a la quintaescencia, representado por el propio nacimiento de la diosa Venus, cuyo emblema es la rosa, flor precisamente vinculada con el número cinco y que se ve dispersa en el paisaje revoloteando en torno a Céfiro.
También se ha interpretado a este cuadro, y más específicamente al mito, como la unión de lo material con lo espiritual, fusión que se da en un doble ámbito. Al respecto debe recordarse que, de acuerdo a la versión en la que se habría inspirado este lienzo –Las Metamorfosis de Ovidio-, Cronos o Saturno, el dios del tiempo, vence a su padre Urano –el Cielo-, cortando con una hoz sus genitales y lanzándolos al mar. De esta unión –el cielo con el océano- surge Afrodita-Venus, como una mixtura de lo sutil con lo denso, de lo espiritual con lo material. De esta manera, Venus surge como el resultado perfecto, el equlibrio exacto entre las dos naturalezas.
Por su parte, la unión férrea entre Cefiro y Cloris es también interpretada como lo material y lo espiritual compenetrándose.
En cuanto al simbolismo general, Venus representa la belleza, pero no hablamos sólo de la belleza física, sino también del ideal espiritual. La diosa simboliza todo aquello que antes no existía y por lo cual ahora vale la pena seguir viviendo. Se la vincula con esa esencia que penetra todo lo existente -junto con la luz y el calor- y que pone en movimiento la vida. Por lo tanto el nacimiento de lo bello de la existencia, del amor, del deseo, de la pasión, de la inteligencia, está representado en este cuadro. No debemos olvidar que la griega Afrodita es la madre de Harmonia, y que Venus, su equivalente romana, concibió a la diosa Concordia, con lo que se demuestra que del amor y de la belleza provienen los equilibrios que generan paz y acuerdo, como elevados ideales de una sociedad.
El planeta Venus, además, es un cuerpo celeste de naturaleza dual, ello porque aparece alternativamente tanto en la mañana –estrella matutina-, como en la tarde –estrella vespertina-. De esta manera, puede ser tanto un signo solar, como uno lunar, lo que esboza la idea de “unión de los contrarios”.
Respecto al simbolismo de los específicos elementos de la pintura, llama la atención el aspecto virginal de Venus, como una Eva avergonzada. Se posa sobre una concha de viera gigante, símbolo de fertilidad por asemejarse a la vulva femenina en su interior, y al vientre de la embarazada en el exterior. Ella se unió con los genitales del cielo, Urano, que cayeron al mar, representando la espuma su semen, que unido a los símbolos femeninos, dan origen a la deidad, confirmándose así la idea de “unión de opuestos”.
Con el cristianismo, la concha “purificó” su significado y pasó a representar el renacimiento y resurrección, y es por eso que se la vincula con el bautismo, existiendo pilas bautismales con forma de concha. Vinculado con esto, se trae a colación el número ocho, el que, de acuerdo al cristianismo, es la cifra de la resurrección de Cristo y del nacimiento y, por añadidura, del renacimiento que implica el bautismo. Ello porque se considera que Jesucristo resucitó un día domingo, que vendría a ser el octavo día de la semana (en realidad es el primero de una segunda semana). Por esta razón todos los baptisterios o edificios para el bautismo, son octogonales.
Por su parte, resulta de importancia destacar que la estrella de ocho puntas simboliza al lucero de la mañana, es decir, al planeta Venus y, por extensión, a dicha deidad, ello seguramente por el llamado ciclo octogonal de Venus. Pero resulta que, además, la estrella de ocho puntas es un atributo de la Virgen María, lo que permite cerrar el círculo y acercarse al sentido de la obra de arte.
Queda claro que en la pintura de Botticelli existe una relación directa entre la concha, la resurrección o renacimiento, el bautismo, el número ocho, Venus y la Virgen.
Esto nos lleva a entender la inocente postura de la diosa Venus, la que en verdad pretende rememorar a la propia Virgen María, como Madre de Dios, situada sobre el símbolo de la matriz. De hecho la rosa, que se ve en grandes cantidades en el cuadro, es un atributo de la Virgen. Se dice de ella que es como una “rosa sin espinas” y si se fijan en la pintura, ninguna de las rosas representadas por Botticelli tiene espinas.
El cubrimiento del pubis puede hacer referencia a la castidad, recordando el epíteto con el que suele ser designada María, esto es, como “jardín cerrado”.
El simbolismo se completa con la actitud protectora de Talo, quien está a punto de cubrir a la diosa con un manto rosado estampado con motivos que recuerdan al mirto o arrayán. Se trata de una planta vinculada con la fertilidad y con la sexualidad femenina; ello porque las bayas rojas del arbusto tienen la similitud de un clítoris. Esta identificación sexual permite asociarla fácilmente con la diosa Venus y en tal calidad se la llamaba en Roma Venus Murcia. Pero también se asocia al mirto con la alegría, la paz, la tranquilidad, la felicidad, la constancia, la victoria, el matrimonio y el principio femenino. También se ha dicho que el mirto es una esencia vital que transmite el aliento de vida y simboliza la vida en germinación, el renacimiento y la renovación de la vida.
En Egipto estaba consagrado a la diosa Hathor, que es precisamente la símil de Afrodita en la cultura del Nilo.
Por último, con el advenimiento del cristianismo, el mirto pasa a ser el emblema de la pureza, de la virginidad y de la fidelidad. Por esta razón es que a la Virgen María se la suele representar con una rama de mirto en sus manos, para exhibir precisamente su castidad. También se la identifica con los gentiles convertidos al cristianismo, lo que nuevamente se vincula con el bautismo. 
Se logra comprender que el manto protector cubierto de mirtos, más las alegorías al bautismo, aluden y promocionan una vida en el cristianismo, la que nos permitiría alcanzar el ideal de belleza en sentido amplio y gozar de esta misma. Tal significado es concordante con la visión neoplatónica plasmada por Botticelli en su pintura, principalmente influenciado por Marsilio, visión en virtud de la cual el hombre se enfrenta permanentemente a una disyuntiva: seguir el camino contemplativo regido por Saturno, o inclinarse por el camino de Júpiter. Este cuadro constituye una celebración del camino contemplativo, dando cuenta quizás de la belleza interior, la del alma, lo que se puede inferir de la actitud púdica de la Venus.



Nanahuatzín

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