Estamos frente a uno de los
cuadros más representativos del Renacimiento florentino, pintado probablemente
a finales del siglo XV. Hablamos de El Nacimiento de Venus, pintura que retrata
el momento exacto no del nacimiento de la deidad, sino de su llegada a tierra
firme luego de navegar por el Mar Mediterráneo, seguramente a una isla de
Chipre.
Se trata de una extraña y, a la
vez, delicada obra, llena de simbolismo y de alusiones ambivalentes. Se podría
decir que se recurre tanto a la mitología greco-romana, como a señas del
cristianismo, según se verá.
El pintor al parecer pretende
reunir los cuatro elementos en un solo lienzo, haciéndolo de modo sutil y casi
imperceptible. En efecto, a la presencia evidente del agua, de la cual surge la
vida, se suma el aire, representado por Céfiro, el viento poniente, y por su consorte
Cloris, la ninfa de la brisa. Éstos, con su soplo, simbolizan el movimiento
progresista, que conduce por las aguas a la deidad, con todo lo que ello
representa, en su vehículo con forma de concha.
Talo, quien forma parte de las
divinidades llamadas “horas”, representa a la tierra. Se trata de la primavera
regeneradora, cubierta de flores, quien, saliendo del bosque, espera en el
suelo firme a Venus, presta a cubrirla con su manto protector.
Por último, la propia Afrodita
encarna al fuego; es la pasión que mueve al mundo, el elemento activo que
termina con el estado de indiferencia y provoca a los seres, inclinándolos o al
amor o al odio; es el elemento que doblega la dureza del hierro. No debería
extrañarnos, entonces, que a esta deidad se la vincule amorosamente con Marte o
Ares, el dios de la guerra y con Vulcano o Hefestos, el dios herrero que en su
forja trabaja los metales.
Los cuatro elementos están
dispuestos circularmente en la pintura, como queriendo aludir a alguna fuerza
invisible que, al hacerlos girar, los mezcla y los aglutina, dando forma a la
materia. Por lo tanto, una primera mirada de la obra analizada nos lleva a
pensar en una intención de abarcar el todo material, recurriendo con ello a los
cuatro elementales y a los aspectos masculinos y femeninos. Esto no quita que
pueda apreciarse en la imagen al quinto elemento, a la quintaescencia,
representado por el propio nacimiento de la diosa Venus, cuyo emblema es la
rosa, flor precisamente vinculada con el número cinco y que se ve dispersa en
el paisaje revoloteando en torno a Céfiro.
También se ha interpretado a
este cuadro, y más específicamente al mito, como la unión de lo material con lo
espiritual, fusión que se da en un doble ámbito. Al respecto debe recordarse
que, de acuerdo a la versión en la que se habría inspirado este lienzo –Las
Metamorfosis de Ovidio-, Cronos o Saturno, el dios del tiempo, vence a su padre
Urano –el Cielo-, cortando con una hoz sus genitales y lanzándolos al mar. De
esta unión –el cielo con el océano- surge Afrodita-Venus, como una mixtura de
lo sutil con lo denso, de lo espiritual con lo material. De esta manera, Venus
surge como el resultado perfecto, el equlibrio exacto entre las dos
naturalezas.
Por su parte, la unión férrea
entre Cefiro y Cloris es también interpretada como lo material y lo espiritual
compenetrándose.
En cuanto al simbolismo general,
Venus representa la belleza, pero no hablamos sólo de la belleza física, sino
también del ideal espiritual. La diosa simboliza todo aquello que antes no existía
y por lo cual ahora vale la pena seguir viviendo. Se la vincula con esa esencia
que penetra todo lo existente -junto con la luz y el calor- y que pone en
movimiento la vida. Por lo tanto el nacimiento de lo bello de la existencia,
del amor, del deseo, de la pasión, de la inteligencia, está representado en
este cuadro. No debemos olvidar que la griega Afrodita es la madre de Harmonia,
y que Venus, su equivalente romana, concibió a la diosa Concordia, con lo que
se demuestra que del amor y de la belleza provienen los equilibrios que generan
paz y acuerdo, como elevados ideales de una sociedad.
El planeta Venus, además, es un
cuerpo celeste de naturaleza dual, ello porque aparece alternativamente tanto
en la mañana –estrella matutina-, como en la tarde –estrella vespertina-. De
esta manera, puede ser tanto un signo solar, como uno lunar, lo que esboza la
idea de “unión de los contrarios”.
Respecto al simbolismo de los
específicos elementos de la pintura, llama la atención el aspecto virginal de
Venus, como una Eva avergonzada. Se posa sobre una concha de viera gigante,
símbolo de fertilidad por asemejarse a la vulva femenina en su interior, y al
vientre de la embarazada en el exterior. Ella se unió con los genitales del
cielo, Urano, que cayeron al mar, representando la espuma su semen, que unido a
los símbolos femeninos, dan origen a la deidad, confirmándose así la idea de
“unión de opuestos”.
Con el cristianismo, la concha
“purificó” su significado y pasó a representar el renacimiento y resurrección,
y es por eso que se la vincula con el bautismo, existiendo pilas bautismales
con forma de concha. Vinculado con esto, se trae a colación el número ocho, el
que, de acuerdo al cristianismo, es la cifra de la resurrección de Cristo y del
nacimiento y, por añadidura, del renacimiento que implica el bautismo. Ello
porque se considera que Jesucristo resucitó un día domingo, que vendría a ser
el octavo día de la semana (en realidad es el primero de una segunda semana).
Por esta razón todos los baptisterios o edificios para el bautismo, son
octogonales.
Por su parte, resulta de
importancia destacar que la estrella de ocho puntas simboliza al lucero de la
mañana, es decir, al planeta Venus y, por extensión, a dicha deidad, ello
seguramente por el llamado ciclo octogonal de Venus. Pero resulta que, además,
la estrella de ocho puntas es un atributo de la Virgen María, lo que permite
cerrar el círculo y acercarse al sentido de la obra de arte.
Queda claro que en la pintura de
Botticelli existe una relación directa entre la concha, la resurrección o
renacimiento, el bautismo, el número ocho, Venus y la Virgen.
Esto nos lleva a entender la
inocente postura de la diosa Venus, la que en verdad pretende rememorar a la
propia Virgen María, como Madre de Dios, situada sobre el símbolo de la matriz.
De hecho la rosa, que se ve en grandes cantidades en el cuadro, es un atributo
de la Virgen. Se dice de ella que es como una “rosa sin espinas” y si se fijan
en la pintura, ninguna de las rosas representadas por Botticelli tiene espinas.
El cubrimiento del pubis puede
hacer referencia a la castidad, recordando el epíteto con el que suele ser
designada María, esto es, como “jardín cerrado”.
El simbolismo se completa con la
actitud protectora de Talo, quien está a punto de cubrir a la diosa con un
manto rosado estampado con motivos que recuerdan al mirto o arrayán. Se trata
de una planta vinculada con la fertilidad y con la sexualidad femenina; ello
porque las bayas rojas del arbusto tienen la similitud de un clítoris. Esta
identificación sexual permite asociarla fácilmente con la diosa Venus y en tal
calidad se la llamaba en Roma Venus Murcia. Pero también se asocia al mirto con
la alegría, la paz, la tranquilidad, la felicidad, la constancia, la victoria,
el matrimonio y el principio femenino. También se ha dicho que el mirto es una
esencia vital que transmite el aliento de vida y simboliza la vida en
germinación, el renacimiento y la renovación de la vida.
En Egipto estaba consagrado a la
diosa Hathor, que es precisamente la símil de Afrodita en la cultura del Nilo.
Por último, con el advenimiento
del cristianismo, el mirto pasa a ser el emblema de la pureza, de la virginidad
y de la fidelidad. Por esta razón es que a la Virgen María se la suele
representar con una rama de mirto en sus manos, para exhibir precisamente su
castidad. También se la identifica con los gentiles convertidos al
cristianismo, lo que nuevamente se vincula con el bautismo.
Se logra comprender que el manto protector cubierto
de mirtos, más las alegorías al bautismo, aluden y promocionan una vida en el
cristianismo, la que nos permitiría alcanzar el ideal de belleza en sentido
amplio y gozar de esta misma. Tal significado es concordante con la visión
neoplatónica plasmada por Botticelli en su pintura, principalmente influenciado
por Marsilio, visión en virtud de la cual el hombre se enfrenta permanentemente
a una disyuntiva: seguir el camino contemplativo regido por Saturno, o
inclinarse por el camino de Júpiter. Este cuadro constituye una celebración del
camino contemplativo, dando cuenta quizás de la belleza interior, la del alma,
lo que se puede inferir de la actitud púdica de la Venus.
Nanahuatzín

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